agosto 31, 2010

El último discurso de Sarmiento en una manifestación de las escuelas en Asunción, Paraguay (1887)

EL ÚLTIMO DISCURSO EN UNA MANIFESTACIÓN DE LAS ESCUELAS EN ASUNCIÓN, PARAGUAY [1]
Domingo Faustino Sarmiento
[30 de Mayo de 1887]

Señores:
En este largo viaje que prosigo, voy perdiendo los órganos que me ponen en contacto con el pensamiento ajeno o me permiten expresar el mío propio. La audición disminuye y la voz flaquea, por lo que me limitaré a unas cuantas observaciones, correspondiendo a la bondad de tan numerosa manifestación.
Alguno de los señores presentes, expresando la bienvenida que me ofrecía el pueblo paraguayo, por su conducto, se dejó decir que mi llegada era un acontecimiento. Esta escena lo está mostrando. El Paraguay se asocia a Chile. República Argentina y Uruguay, en la aceptación del gran principio de la comunidad de ventajas de los asociados - la educación para todos. Esta es la Libertad, la República, la Democracia.
Estas colonias españolas fueron por lo general mal fundadas. Huyeron los conquistadores de las costas del mar para establecer sus grandes ciudades, y el Paraguay quedó con las vicisitudes de los tiempos, secuestrado el comercio y contacto del mundo exterior. Felizmente con el vapor, si las olas del océano no vienen a morir en sus playas, el gran río que es la arteria principal de esta parte de América, le transmite las palpitaciones del mundo y a ellas obedece esta histórica ciudad, asociándose a los otros Estados libres, en la introducción de un nuevo principio orgánico del municipio. Había para el espíritu iglesias, conventos, universidades, cuyas torres y cúpulas anuncian al viajero la residencia de pueblos cristianos. Faltaba la Escuela, donde se enseñará a todos a leer, faltaba la Biblioteca que contendrá e irá reuniendo todo lo que deberemos saber, para tener un lugar en comité de las naciones cultas.
He llegado en un momento feliz para mí, puesto que veo con placer que el Congreso ha destinado sumas de dinero para la erección de Escuelas. Es una coincidencia singular. ¡De La Nación (paraguaya) ayer he tomado la noticia de que el Congreso de Chile acaba de votar tres millones y medio para la erección de cien escuelas! Vean, pues, cómo un mismo pensamiento preocupa los ánimos en el Mapocho que desagua en el Pacífico, en el Paraguay que vierte sus ondas en el Atlántico.
Pero sirvaos de lección para estimar las dificultades insuperables que oponen al progreso las mejores intenciones. Chile es uno de los Estados más cultos de la América del Sur; y hace cuarenta años ha que uno de sus grandes hombres de Estado presentó al Congreso una ley de educación común, basada en estos dos grandes principios: rentas propias y edificios propios para escuelas, y el Senado compuesto de los hombres más educados (no me atreveré a decir más mal educados) rechazó (in limine) el proyecto. Presentado al año siguiente a la Cámara de Diputados, donde cantaba con mayoría, fue igualmente desechado. Continuó pre¬sentándolo, a cada renovación del Congreso, durante dos presidencias y dejó de presidir el Estado, y murió, sin tener el consuelo de ver aceptada su obra, que no costaba al erario tres millones y medio, pero que habría dado a Chile cien millones en aquellos cuarenta años perdidos inútilmente, mientras se emprendían guerras que han costado más todavía.
Y no se crea que en la República Argentina, mi patria, se ha procedido con más inteligencia de los intereses y del progreso de la cultura. Hace unos treinta años que una ley parecida se presentó a una Legislatura Argentina. proveyendo de rentas y de edificios a las escuelas. Tuvo el asentimiento del Senado; pero el Ejecutivo se presentó haciendo cuestión de gabinete del rechazo, fundado en dos ante¬cedentes tan falsos como improducentes.
¿Creeráse que eran los enemigos del progreso los que se oponían? Eran los que representaban al partido liberal, tan mal educado de este lado como del otro de los Andes. La ley se obtuvo trunca y mutilada, un centenar de escuelas se construyeron en la campaña, pero en la soberbia capital se arrendaron para otros fines dos que había, y sólo en 1887 se han erigido cuarenta y cuatro suntuosos monumentos que van más allá de su objeto, si se considera la universalidad de la demanda. De todos modos, es ya encarnación popular la de la Escuela, de manera que cuando se traza la planta de una aldea, los locales de las escuelas vienen señalados, y con la Municipalidad, o el Juzgado de Paz, se alzan sus gloriosas murallas en el desierto. El primer paso está dado.
Ojala que más advertidos o más experimentados que aquellos gobiernos, no pongáis, treinta o cua¬renta años en realizar la idea que está ya en todos los espíritus.
Por lo que a mí respecta, mis destinos están cumplidos. y aunque haya caído y levantado muchas veces con la bandera de la educación común, esta manifestación recibida en el Paraguay, después de otras recientes en Valparaíso, Santiago, Andes, Mendoza. San Juan, me harían desear que las banderas de la Argentina, de Chile, Uruguay y Paraguay me sirviesen de mortaja para atestiguar que merecí bien de sus habitantes.
Y tan afortunado he sido en esta excursión, que el acaso me pone al lado de S. E. el señor Ministro de los Estados Unidos, que ha querido honrar este acto con su presencia, pues que estudié en su propio país las causas de su prodigioso desarrollo, y la base de sus libertades para aplicarlas a nuestros países. Así se encuentran reunidos en un solo pensamiento los dos extremos de la América, contando con que todo el resto siga bien pronto el grandioso movimiento. He dicho.
¡Vivas a los Estados Unidos, a su Representante, a la República Argentina, a Chile, al Uruguay y al Paraguay!
DOMINGO F. SARMIENTO

[1] Para aliviar de una antigua enfermedad (hipertrofia del corazón declarada en 1876) pasó dos inviernos Sarmiento en la Asunción del Paraguay. Llamó mucho la atención que en tan avanzada edad siguiese desplegando la extraordinaria actividad que siempre lo había distinguido. A su paso era como un despertar de aquella nación agobiada por tantos agravios de la historia; se agitaron cada clase de iniciativas, de escuelas, bibliotecas, industrias, hasta un desafío hubo de tramitarse, cayendo un Ministro que encontrábase ser descendiente del Dr. Francia y halló impertinentes ciertas apreciaciones históricas.
En el discurso que sigue, acaso melancólico de aquella radiante existencia, se consigna un voto que fue cumplido piadosamente, el de ser amortajado con las banderas de las cuatro repúblicas sud americanas donde más influjo tu va su propaganda. No sólo envuelven sus despojos mortales las banderas argentina, oriental, chilena y paraguaya, sino que también los gobiernos de las mismas remitieron oficialmente las banderas de las legaciones para juntarlas a la bandera biceleste y blanca para cubrir su féretro en el trayecto de apoteosis que hizo por la ciudad capital.

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